Luego de pasar la entrevista tuve la misma sensación que cuando termino de hablar mi entrevistada. Los primeros 20 minutos habló la institución, habló en su rol de vocera. Es decir, luego del “play” y de una primera pregunta mía, la directora poso su mirada al frente, como si estuviera leyendo una lamina detrás de mí y comenzaron a salir de su boca frases sin control alguno (y algunas sin coherencia alguna). Mi primera pregunta fue pasada por arriba, y retomada luego de diez minutos. Su discurso tenía un camino bien delimitado. Se notaba que estaba cómoda con ese recorrido temático preparado por ella misma. Pero mis preguntas la obligaron a ir por la banquina, es decir comenzamos a conversar sobre lo que a mí me interesaba. Nada del otro mundo. Pero diferente a lo que ella me planteaba en un principio. Y fue en donde afloraron sus mejores declaraciones. Repito. Nada del otro mundo, pero mejor que nada. (Hoy estoy negativa).
Vuelo Un día como hoy, hace veinticuatro años, por primera vez Juana volaba en avión. Lo hacía para cumplir un sueño, lo hacía para conocer ese lugar del que tanto su padre le había hablado. Un lugar distanciado por veintidós horas de vuelo. Un reto que valía la pena vivir. Cuando pasó por la puerta luego de un pasillo largo y espejado desde donde se podían ver unas especies de callecitas de donde las aves de acero despegaban, la saludaron dos mujeres, rubias, altas y uniformadas. Le desearon buen viaje con una sonrisa de oreja a oreja, ella no supo que contestar. Estaba nerviosa. Su padre la acompañaba. Se encontraba a su lado, le apoyó una mano sobre su hombro y la miró. En la otra mano llevaba una tira larga de papel que en ese momento se la alcanza a una de las mujeres, la observa, levanta la mano y le indica que sigan caminando por uno de los corredores. Juana gira la cabeza, se encuentra con unas pocas filas de asientos. Se ven confortables, amplios, similares a los sillones qu...
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